| 26 Mar 2025 - 09:09hrs
El arropamiento de Cuauhtémoc Blanco para que no enfrente a la justicia por un presunto intento de violación, es sólo la muestra más reciente de que el pegamento que une al movimiento político que gobierna el país desde 2018 es la complicidad, en el sentido más innoble de la palabra.
Apellídese Salgado, Ovalle, Garduño, Yunes, Murat o, ahora, Blanco, no hay fichita que no merezca la absolución, siempre y cuando jure lealtad a la Cuarta Transformación y a su líder real.
No hay pecado suficientemente grande –ni sexual ni de avaricia ni de sangre– que no amerite que su alma sea rescatada mientras no rompa filas con el dueño de la franquicia que manda en México.
La connivencia ha resistido todo tipo de escándalos y tiene memoria de teflón. Su capacidad de convertir en aceptable lo impresentable y de torcer los hechos hasta volverlos irreconocibles han superado cualquier prueba. Con todo ello, ha esculpido un gran monumento al cinismo, ante el que se postra todos los días el oficialismo.
No fue otra cosa lo que sucedió ayer en la Cámara de Diputados. Reunidos los votos suficientes en el pleno para ratificar la decisión de la Sección Instructora de no someter a Blanco a un juicio de procedencia, un grupo de legisladoras morenistas hizo subir a la tribuna al exfutbolista y exgobernador de Morelos, entre aplausos y coros de “no estás solo”, para permitirle hablar sin que se hubiese inscrito su participación.
Fue un espectáculo verdaderamente deplorable, digno de la frase que se atribuye a Cordell Hull, exsecretario de Estado de Estados Unidos, quien la habría usado a principios de los años 40 para referirse al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo: “Puede ser un hijo de la chingada, pero es nuestro hijo de la chingada”. (Robert Crassweller, Trujillo: The Life And Times of a Caribbean Dictator, 1966, página 213).
Fue también una nueva ocasión para hacer ver mal a la presidenta Claudia Sheinbaum, orquestada –otra vez– por Ricardo Monreal, jefe de los diputados morenistas, quien se ha especializado en tirar cualquier oportunidad para que ella afinque un poder propio.
Esta maniobra, en particular, fue una manera de mostrar que la frase “Llegamos todas”, de la primera mandataria en la historia de México, no vale cuando se trata de cumplir los compromisos adquiridos por Andrés Manuel López Obrador. Como se vio ayer, el techo de cristal se blinda cuando aparecen las indulgencias firmadas por el tabasqueño.
De haber sido otro el desenlace, hoy en la conferencia mañanera la Presidenta habría podido afirmar que la Cuarta Transformación no tiene compromisos con nadie; que ella cree que es importante creerles a las víctimas, y que no había cuauhtemiña que impidiera que Blanco fuese investigado por el delito del que es acusado.
Y es que de eso se trataba: no de encontrarlo culpable, sino simplemente de permitir que la fiscalía morelense hiciera su trabajo.
En estos días escuché a más de uno pronosticar que se retiraría el fuero al legislador y luego la acusación sería declarada como infundada por falta de elementos, y tan tan. Pero no: había que mostrar la fuerza de las complicidades desde el inicio. No solamente negar el paso al juicio de procedencia, sino armarle un paseíllo al Cuau, para que, desde la máxima tribuna del país, pudiera burlarse de su acusadora, de los opositores y hasta de las mujeres morenistas que se atrevieron a sostener públicamente que debía retirársele la protección del fuero, entre ellas las 22 diputadas que votaron en contra.
Así, Monreal, alfil de Palenque, mandó decir nuevamente a la Presidenta que no puede con él. Que si acaso lograba convencer a las mujeres morenistas de rechazar el dictamen de la Sección Instructora, él ya tenía los votos del PRI y del Partido Verde para amarrar la aprobación. Con ello, el zacatecano se comprometió a salvarle el pellejo a Alejandro Alito Moreno, líder del PRI, quien también enfrenta una solicitud de desafuero.
El mensaje es atronador: quien manda aquí es López Obrador, y que todo aquel que le rinda pleitesía –o lo haya mantenido durante su etapa de búsqueda del poder o simplemente le sirva– nada tiene de qué preocuparse.