![]() | Bitácora del directorPascal Beltrán del Río |
| 01 Abr 2025 - 09:25hrs
Algo anda mal en nuestra escala de valores. Los conceptos del bien y el mal se torcieron en algún punto del camino. La noción de lo relevante se extravió y fue suplantada por lo intrascendente.
Sábado 29 de marzo, Auditorio Telmex, zona metropolitana de Guadalajara. Miles de personas asisten al concierto de Los Alegres del Barranco, grupo de regional mexicano. Cuando entona su éxito El del palenque, dedicado a Nemesio Oseguera, jefe del grupo criminal Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), la audiencia responde extasiada. Canta a gritos la letra, mientras en la pantalla del escenario aparece la imagen de El Mencho.
Soy el dueño del palenque /Cuatro letras van al frente /Soy del mero Michoacán /Donde es la Tierra Caliente / Soy el señor de los gallos / El del cártel jalisciense.
Tres semanas antes, el grupo Guerreros Buscadores de Jalisco dio con un rancho, en el municipio de Teuchitlán, ubicado a una hora del lugar del concierto, donde el CJNG –a decir de versiones de testigos, corroboradas por las primeras investigaciones– secuestró, torturó y mató a personas a las que llevó a ese lugar, bajo engaños, con la intención de convertirlas en sicarios a su servicio.
Ese descubrimiento causó una indignación que rebasó las fronteras del país. Sin embargo, en la misma zona del país donde se produjo, parece que no todos ven mal al crimen organizado, ni siquiera al grupo acusado directamente de esos horrores.
Hay mexicanos, y no pocos, que le aplauden a El Mencho, a sus prácticas violentas, a su riqueza regada con sangre. ¿Qué provocará en ellos? ¿Será admiración, ganas de ser como él? Quién sabe. Lo cierto es que es la asistencia al concierto supera por mucho cualquier manifestación que convocan los grupos que buscan a los desaparecidos, incluso en el estado donde se reclama a más personas ausentes.
Mismo día, pero en la Ciudad de México. Cuauhtémoc Blanco, futbolista convertido en político, asiste a una función de la UFC –espectáculo de combate cuerpo a cuerpo utilizando artes marciales mixtas–, en la Arena Ciudad de México.
Casi a la misma hora, manifestantes feministas se congregan en la Glorieta de las Mujeres que Luchan, sobre Paseo de la Reforma, para denunciar un intento de dejar en la impunidad al exgobernador de Morelos, acusado por su media hermana de haber intentado violarla una noche que se realizaba una fiesta en la residencia oficial del mandatario estatal.
Cuatro días antes, en la Cámara de Diputados, la mayoría de Morena ratificó el dictamen de la Sección Instructora que desechó la solicitud de la Fiscalía de Morelos para retirar el fuero al legislador Blanco, a fin de que enfrente la acusación.
Ese martes, a Blanco lo arroparon diputadas del partido del gobierno, para que hablara en la tribuna de San Lázaro –no estaba enlistado como orador– y rechazara las acusaciones en su contra. Desde allí, dijo que le parecía raro que su acusadora se hubiese tardado seis meses en llevar el caso ante las autoridades. “¡No estás solo!”, coreaban las legisladoras que lo rodeaban.
En la Arena Ciudad de México, el exdelantero del América y de la Selección Mexicana encontró un apoyo equivalente, con muchos asistentes pidiéndole autógrafos y fotos.
Días antes, también en la capital, pero en el Estadio GNP Seguros, otro futbolista, Gerard Piqué, exestrella del Barcelona, recibió una masiva mentada de madre. Él no estaba presente, pero sí su expareja, la cantante Shakira, quien se divorció de él luego de una disputa muy pública originada por un engaño.
Una parte de la sociedad mexicana se encoge de hombros por cosas que debieran indignarla, como la tragedia de las desapariciones, y celebra al líder de un grupo criminal que las ha practicado en masa. Es la misma que se enfada por una película de ficción, pero no con la realidad, y la que abuchea a un infiel, que no ha sido acusado de intentar violar a nadie, pero no duda en codearse con un hombre que sí.
Algo está podrido en México.