Iconoclasta, interseccional y radical: mi visión del 8M

Tinta y tinte de una mujer

Valeria Aime Tannos Díaz

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| 11 Mar 2025 - 09:49hrs

El fin de semana pasado fue bastante pesado y lleno de muchas, pero muchas opiniones y, la verdad, es que no esperaba menos de los acontecimientos ocurridos el sábado. Me refiero, por supuesto, a las marchas del Día Internacional de la Mujer. Para las mujeres que estamos en la lucha, este día y los días previos son agotadores y abrumadores.


Personalmente me llena de felicidad y de gratitud ver que cada año se sumen más y más mujeres. Al mismo tiempo, me invade el enojo y la impotencia al ver que muchas de ellas llevan consigo historias de violencia e injusticia. Aunque no todas cargamos lo mismo, a todas nos pesa ver a otras mujeres luchar por causas que no deberían ser una lucha, sino derechos garantizados.


Las redes sociales se inundaron de morado, de canciones que se han vuelto himnos feministas, de relatos desgarradores, de carteles impresionantes decorados con diamantina, colores y frases que estremecían a cada paso y te apachurraban el corazón. La marea morada se hizo notar en las calles y me atrevo a decir que fueron contadas las mujeres que no llevaban algo representativo del 8M.


Este año también vi a más medios de comunicación cubrir las notas del día, las marchas y los eventos con mayor empatía y seriedad que en años anteriores. Se sintió esa alianza con los medios tradicionales al ver que no buscaban dañar el movimiento, sino visibilizarlo. Las notas se cubrieron también de historias de mujeres imparables que han desafiado obstáculos y logrado sus sueños.


Pero también, cada año, es un recordatorio de lo desalentador que es tener que seguir luchando. Duele pensar que la marcha en la que estamos hoy es la misma en la que quizá estuvieron nuestras abuelas, y aunque ha habido avances en derechos, la violencia sigue impune: feminicidios, desapariciones y una justicia que sigue sin llegar.


Porque parece que la justicia no se hace presente; muchas veces nos hace creer que está del lado del agresor y no de la víctima. La justicia es para privilegiados, para quienes pueden pagarla. Y eso es lo que sentimos las mujeres que seguimos esperando respuestas.


Estamos enojadas y muy cansadas de no ver ningún cambio. Por eso marchamos, por eso se rayan monumentos, por eso sacamos a los hombres que intentan entrar, por eso gritamos y exigimos justicia. Antes de juzgar recordemos que las revoluciones no se ganan esperando sentados. Ninguna revolución de ningún país se ha llevado a cabo mientras se espera sentado.


También considero importante invitar a todos a informarse sobre lo que realmente sucede en las marchas, No se dejen llevar, queridos lectores, por el amarillismo de algunos medios que buscar descontextualizar los hechos para hacerlos ver violentos. Mejor busquen aquellas notas donde se refleje la sororidad, la empatía y la armonía de las mujeres que luchan por la misma causa.


Este año, en mis redes sociales, decidí dejar claro que la lucha debe hacerse con ternura radical, iconoclasia y desde una mirada interseccional. Por eso me llegaron muchas preguntas respecto a qué significan estos conceptos, así que lo explicaré brevemente.


La iconoclasia es lo que hacemos las mujeres en la marcha cuando rayamos monumentos históricos o edificios de instituciones como las fiscalías o a la Secretaría de Seguridad. No es un simple acto de vandalismo, sino una protesta que evidencia que la sociedad se indigna más por un edificio pintado que por los 11 feminicidios diarios en el país o con los cientos de desapariciones de mujeres. Prueba de ello fue que, en Xalapa, la marcha aún no terminaba y ya había trabajadores de la SSP limpiando las denuncias escritas en sus paredes. Curioso ¿no? Que se apuren en borrar los mensajes, pero no en garantizar justicia.


La mirada interseccional es fundamental porque no todas vivimos bajo las mismas condiciones políticas, económicas o sociales. Cada una lucha desde su contexto y experiencia. No podemos discriminar a ninguna mujer que forme parte del movimiento, y sí, para aquellos que lo preguntan, las mujeres con diversidad sexual también deben estar en esa lucha.


Y, por último, está la ternura radical, quizá el término menos claro. Es una respuesta transgresora al sistema que castiga la fragilidad. Es un concepto que reivindica la importancia de abrazarnos entre nosotras en la lucha, de reconocernos, de permitirnos sentir sin perder la fuerza revolucionaria que vivimos al marchar.


Antes de terminar quiero recalcar la importancia de que la lucha sea separatista. Me refiero a que los hombres no son aceptados en estas marchas. Digo, nosotras esperaríamos que los hombres no quisieran adueñarse también de estos momentos, pero uno nunca sabe, por eso cada año hay que repetirlo: la marcha es nuestra.


Esto fue un poquito de lo que viví en el 8M. Es doloroso que todas las mujeres tengamos una historia de violencia, pero también es un abrazo sororo saber que no estamos solas, que nos unimos para derribar un sistema que nos oprime, nos viola, nos mata y nos quiere abajo. Cada 8 de marzo nos recordamos que no estamos solas, somos una manada hermosa que nos cuidamos entre nosotras.

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